Relato: Una imprudencia heroica

Imagen: Nuestros héroes, Augusto Ferrer Dalmau

Este es mi relato para el Concurso de historias de nuestros héroes, de Zenda Libros. Este es el relato de una imprudencia que, como todo en la vida, tiene lecturas muy distintas.


Entra en casa y cierra la puerta. Enciende la luz del salón. Está apretando la mandíbula, pero no se da cuenta. Se agacha y las letras fluorescentes de su uniforme destellan mientras desata los cordones de las botas y se las quita. No se le han ensuciado, pero él sí las nota sucias, como el resto de la ropa, como él mismo. No es polvo, barro o sudor. Es más bien un malestar invisible que lo impregna todo. Saca la pistola de la funda, quita el cargador, comprueba que la recámara está vacía y guarda el cargador en un cajón y la pistola en otro. Desabrocha el cinturón técnico y lo guarda, con las botas, en una bolsa de plástico que deja junto a la entrada. Después, se quita el pantalón oscuro y el polo verde y los mete en el cesto de la ropa sucia. Por último, se mete en la ducha y se lava con agua caliente, muy caliente.

Sale del baño con una toalla atada a la cintura. Vuelve al salón y coge unos calzoncillos de la estantería de los libros, que ahora también es la estantería de su ropa interior. Termina de vestirse con un pantalón de chándal y una camiseta blanca. Sobre el sofá, la manta sigue tal y como la ha dejado esa mañana: hecha una bola. La estira bien y coloca los cojines a modo de almohada. Dana no debería de tardar mucho en llegar y decide esperarla.

Se sienta en el sofá. Junta las manos sobre su regazo y las aprieta tanto que los nudillos se ponen blancos, pero no se da cuenta. Piensa en que hace mucho que no entra en la habitación. Ahora solo Dana puede entrar. Así lo acordaron. Siente el impulso de ir hasta allí y asomarse, tan solo la cabeza. No quiere hacer nada especial, simplemente ver el pijama de Dana sobre la cama, respirar aire con olor a ella. Tan solo eso. Pero sabe que no debe hacerlo. En algún momento, los ojos se le empiezan a cerrar. Lucha por mantenerse despierto, pero, al final, el sueño gana la batalla y le invade un sopor incómodo y agitado.

—Cariño. Despierta.

Abre los ojos y la ve de pie delante de él, a más de un metro. Durante los primeros segundos, siente extrañeza por verla tan lejos, por no sentir la cálida humedad de un beso en sus labios. Pero las marcas rojas alrededor de sus ojos y su boca le hacen recordar la situación en la que están.

—Te estaba esperando —dice con una sonrisa somnolienta.

Dana le devuelve la sonrisa.

—Tengo una sorpresa. Pero antes necesito darme una ducha —dice, y se mete en la habitación.

Él se incorpora en el sofá.

—¡Dame una pista!

Desde la habitación le llega el sonido de una cremallera, los vaqueros deslizándose por sus piernas. Sale de la habitación en ropa interior.

—No te puedo dar ninguna pista porque, siempre que te doy una, te las apañas para fastidiarme la sorpresa.

Se mete en el baño y, antes de cerrar la puerta, asoma la cabeza y guiña el ojo.

—No te duermas —dice.

Él sonríe y se reclina sobre el sofá. Desde el baño le llega el sonido del agua cayendo sobre su piel desnuda e imagina que está ahí dentro con ella. Sus cuerpos llenos de espuma resbalan mientras se besan. Es capaz de sentir el sabor amargo del jabón en su boca.

El agua de la ducha se apaga y vuelve a la realidad. Dana sale del baño.

—Siéntate en el suelo, en seguida vengo —dice mientras camina hacia la habitación.

Él le hace caso. No entiende nada, pero la situación le divierte. Ella sigue en la habitación. Un par de minutos después, sale vestida con el pijama de repuesto y una bolsa de plástico verde en la mano.

—Han llegado mascarillas nuevas al hospital —dice—. He traído dos.

Él la mira confundido.

—¿Por qué? Las vais a necesitar.

Pero ella no le contesta. De la bolsa verde saca una bolsita hermética con dos mascarillas dentro. Saca una y se la coloca. Luego, se agacha junto a él y le ofrece la otra.

—Está limpia.

Él saca la mascarilla y la mira. Levanta la mirada hacia Dana.

—¿De qué va todo esto?

—Póntela. Confía en mí.

Quiere insistir en la pregunta, pero la conoce y sabe que no va a servir de nada. Se coloca la mascarilla.

Dana se sienta de espaldas a él y se gira para mirarlo. Tiene la boca oculta por la mascarilla, pero sus ojos sonríen. Camina despacio, con las manos y los pies, como si fuera un cangrejo, hasta que casi están tocándose.

—Abrázame —pide.

Su corazón se acelera. No puede creer que le esté pidiendo eso. Han pasado las últimas tres semanas sin tocarse, sin acercarse, durmiendo en sitios separados, guardando la ropa en lugares distintos. ¿Y ahora le pide que la abrace?

Coloca los brazos alrededor de su cintura y permanece unos segundos sin tocarla. Cierra los ojos. Está a tan solo un impulso eléctrico de volver a abrazarla. Respira hondo y suspira. Por fin, se decide a apoyar los brazos en su cintura y cierra las manos sobre su vientre. Le invade una sensación de calor. Acaba de regresar al sitio más agradable y seguro del mundo. Dana le coge las manos y se acerca a él un poco más, hasta que están pegados. Él apoya la mejilla en su espalda y, sin darse cuenta, relaja la mandíbula. El calor que emana de la piel de Dana se cuela entre las fibras de la tela del pijama y llega hasta su rostro. Siente ganas de reír y llorar a la vez.

—Si te infectas por culpa de esta imprudencia, ¿quién cuidará de los enfermos? —pregunta él.

Ella ríe y le aprieta las manos.

—Gracias a esta imprudencia, vuelvo a tener fuerzas para cuidar de los enfermos.


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