Relato: La mare mosquit [Parte 1]

Imagen: Ana Rodríguez (@ARAliau)

Hace años, tenía un amigo al que le obsesionaban los insectos, especialmente los mosquitos. Este es el relato de su desaparición.


Tenía un amigo que un día desapareció. Se llamaba Tau.

Tenía mi edad y nos habíamos conocido durante el primer curso del instituto. Era un chico introvertido y solía pasar los recreos solo, sentado en el suelo de algún pasillo. A veces escuchaba música mientras se comía el bocadillo; otras, leía. Como si fuéramos agua y aceite, Tau y el resto de los alumnos no nos mezclábamos. Hasta que un día, al cabo de unas semanas de empezar el curso, cayó una lluvia torrencial y nadie pudo salir al patio. Aquel día, un grupo de alumnos aburridos y enfadados porque no podían jugar a fútbol descargó su frustración sobre él. Yo estaba entre ellos.

Tau aguantó todas las burlas sin perder la calma. Se limitó a ignorar las palabras y a absorber los empujones. Yo no le dije nada, pero me reí con cada insulto. Cuando terminó el recreo y volvíamos a clase, se acercó mí y me acorraló contra una pared.

—Ahora que no están los mayores no eres tan valiente —dijo mientras me agarraba del jersey.

Me asusté mucho y ni siquiera pude articular palabra. Pensaba que me iba a pegar, tenía razones de sobra para hacerlo y era más corpulento que yo. Pero al final no lo hizo. Y eso quizá fue peor. No sé muy bien cómo explicarlo, pero ver a alguien tan tranquilo enfadarse conmigo me hizo sentir mala persona. Que no me pegara, que pudiera vengarse y no lo hiciera, reforzó esa idea. Le pedí disculpas y, a partir de aquel día, comencé a tratarlo con amabilidad. Un poco por miedo, un poco por lástima, pero, sobre todo, por arrepentimiento. Sea como sea, creo que él me perdonó y nunca volvimos a hablar sobre ese incidente.

A medida que nos fuimos conociendo, me habló de su familia. Vivía en un modesto piso del Raval, con su madre, y no tenía hermanos.

—Mi padre nos abandonó cuando yo tenía cuatro años. Lo que más me duele es que aún me acuerdo de él. Ojalá se hubiese ido antes.

Aquella fue la única vez que me habló de su padre y, a veces, durante alguna conversación, tuve la sensación de que estaba a punto de nombrarlo. Pero nunca lo hizo.

También me habló de su gran afición: los insectos. Tau era un apasionado de los bichos, como él los llamaba. Tenía tres libros sobre ellos y los releía constantemente.

—Me gustaría poder comprarme más libros —decía—, no hay mucho más que pueda aprender en estos.

Pero seguía releyéndolos. Una y otra vez. Yo no entendía su afición y hasta me disgustaba que estuviera tan obsesionado, pero hice un esfuerzo por intentar entenderlo. Por su decimosexto cumpleaños, le regalé un número de la revista Mundo Artrópodo y se puso muy contento. Supongo que no esperaba esa clase de regalo viniendo de mí. La revista traía numerosos artículos sobre todo tipo de insectos y Tau la hojeó con entusiasmo. Al llegar a un reportaje titulado «Introducción al conocimiento de los quilópodos», lleno de imágenes con un alto nivel de detalle, no pude esconder más mi estupefacción.

—¿Cómo pueden gustarte tanto esas… cosas? —dije con una mueca de disgusto.

Él levantó la mirada de la revista y apoyó el rostro en una mano, pensativo.

—Por la forma que tienen, el tamaño, que algunos puedan volar y otros no. Tengo la sensación de que puedo pasarme toda la vida estudiándolos sin llegar a aburrirme.

—Eres muy raro —dije.

Él se encogió de hombros y volvió a los quilópodos.

De todos los insectos, los preferidos de Tau eran los mosquitos. Conocía todas las especies y podía pasarse horas hablando del mosquito de la fiebre amarilla, su favorito. Lo consideraba poco menos que una obra perfecta de la naturaleza. Una máquina perfecta de matar, decía.

—Es responsable directo de más de setecientas mil muertes al año. ¿Te haces a una idea de lo que es eso?

Yo me limitaba a escucharle, aunque lo cierto es que no le prestaba mucha atención. Él se daba cuenta y, aunque al principio insistía en sus explicaciones, poco a poco dejó de hacerlo y, si me notaba ausente, simplemente se callaba.

Recuerdo que el verano era su época favorita del año porque había muchos más insectos en general, pero sobre todo porque había mosquitos. Le gustaban tanto que hasta se dejaba picar por ellos. Algunas noches, salía a la calle, extendía un brazo y dejaba que le picaran. No porque quisiera ir con los brazos llenos de picaduras, sino porque, decía, era la única forma de poder observarlos de cerca. Así que no era extraño verlo, de vez en cuando, durante el anochecer, muy quieto, con el brazo levantado y la mirada fija en él. Era una imagen extraña si no sabías que había un mosquito chupando su sangre y que él lo estaba observando. Bien pensado, si lo sabías era todavía más extraña.

Pero lo cierto es que, con el paso de los años, las rarezas de Tau se volvieron algo normal para mí y llegué a creer que lo conocía. Hasta que su desaparición me hizo ver que solo lo había conocido de forma muy superficial.

Desapareció a principios de verano. Teníamos diecinueve años.

Un día, Elena, su madre, me llamó por teléfono y me preguntó si estaba conmigo. Le dije que no, que hacía cuatro días que no lo veía.

—¿Por qué lo preguntas? —dije.

Escuché un suspiro.

—No sé nada de él desde ayer por la mañana. Me fui a trabajar temprano y él se quedó durmiendo. Cuando volví por la tarde, ya no estaba y no vino a dormir.

Su voz sonaba preocupada.

—Pensaba que estaba contigo o que quizá sabías algo.

—Lo siento, Elena, la última vez que lo vi fue el sábado por la noche.

Me hubiese gustado tranquilizarla, decirle que debía de estar bien, con algún amigo quizá, pero no pude. El único amigo que tenía Tau, al menos que supiera, era yo, y no se me ocurría ninguna explicación razonable para que justificar su ausencia.

Tal y como le había dicho a su madre, la última vez que lo había visto había sido el sábado, cuatro días atrás. Había venido a cenar a mi casa y después habíamos salido a la terraza a jugar a Warhammer hasta la madrugada. Hacía una noche de verano idílica: cálida y tranquila. Recuerdo que Tau estaba algo cabizbajo, como ensimismado, pero no era la primera vez que le pasaba. En su casa siempre habían tenido problemas económicos que a menudo se traducían en malestar emocional. Algunas veces se desahogaba conmigo, pero solo lo hacía si salía de él, nunca cuando le preguntaba. Así que preferí no entrometerme. Además, cuando empezamos la partida noté que su ánimo mejoraba hasta alcanzar el entusiasmo habitual en nuestros enfrentamientos fantasticomilitares.

—Te he vuelto a ganar —dijo tras eliminar a mis últimos elfos.

Me recliné hacia atrás y estiré los brazos y las piernas al tiempo que soltaba un bostezo. Eran casi las cinco de la mañana y sentía el cuerpo cansado y los párpados pesados.

—Me ganas porque tienes más aguante. La próxima vez jugaremos de día y otro gallo cantará —amenacé.

Él rio y se puso a recoger las figuras y el tablero.

Cuando acabamos de recoger y estaba a punto de irse, se quedó paralizado. Muy despacio, como si tuviera en la mano un vaso lleno de agua que no quisiera derramar, levantó el brazo derecho hasta que lo tuvo a la altura de sus ojos. Permaneció así durante unos segundos. Yo, que ya le había visto hacer eso muchas veces, no me sorprendí. Cuando el mosquito terminó de chupar, Tau lo observó embelesado mientras levantaba el vuelo y se alejaba hacia la oscuridad de la madrugada. Entonces, se dirigió a mí con una voz extraña y distante. Volví a notarle abstraído.

 —Hay algo que quiero contarte.

Supuse que, como otras veces, querría contarme algún problema personal.

—¿De qué se trata?

—Es sobre los mosquitos.

«¿Sobre los mosquitos?». Cuando me recuperé de la sorpresa inicial, reprimí un soplido y miré el reloj. Tau, si me vio, hizo como si no se hubiese dado cuenta y siguió hablando.

—He encontrado información que puede revolucionar la entomología si consigo demostrar que es cierta.

Mientras hablaba acariciaba la pequeña inflamación que el mosquito había dejado en su brazo. La parsimonia con la que hablaba me estaba impacientando.

—¿Y me lo vas a contar o tengo que adivinarlo? —Mi voz sonó dura.

Una vez más, ignoró mi reacción.

—Verás, hay una leyenda que habla sobre la existencia de un mosquito superior. No hay mucha información al respecto, pero todas las historias coinciden en que es un único individuo, enorme, más grande que un ser humano, y que vive en algún rincón del Delta del Ebre, a apenas dos cientos kilómetros de aquí. —Hizo una pequeña pausa—. Los lugareños lo llaman «la mare mosquit».

—De acuerdo, es una leyenda como muchas otras. ¿Qué tiene que ver con…?

Pero no terminé la frase. Algo en mi cabeza hizo clic y no pude creer que Tau estuviera diciendo lo que creí que estaba diciendo.

—Espera —dije levantando la mano hacia él—. ¿Me estás diciendo que te crees esa chorrada?

No contestó. Comencé a caminar por la terraza.

—Un mosquito… más grande… que una persona —dije eligiendo con cuidado cada palabra—. Crees que existe… un mosquito más grande que una persona… y que la única información que tienes sobre él proviene… de una leyenda.

Me detuve y lo miré a los ojos. Él asintió con solemnidad.

—Así es —dijo.

Tengo que decir que había vivido situaciones surrealistas de toda índole con Tau y su afición, pero aquella se llevaba la palma. Me llevé la mano a la frente y no pude evitar echarme a reír. Él permaneció en silencio, pero al cabo de unos segundos comenzó a reír también y estuvimos riendo durante un buen rato. Cuando parecía que se nos había pasado, nos mirábamos y volvíamos a estallar. Acabamos en el suelo, con las manos sobre la barriga y jadeando.

—Era una broma, ¿no? —pregunté cuando por fin pude ponerme de pie.

Tau contestó, aún entre risas:

—Para nada, hablaba totalmente en serio.

Y esas fueron las últimas palabras que recuerdo de mi amigo. Después de eso, le dije que me parecía absurdo lo que estaba diciendo y le pedí que siguiéramos hablando en otro momento, que ya era muy tarde. Tau asintió sin decir nada más. Nos despedimos y se fue a casa. Dos días después, desapareció.


Si te ha gustado este relato, échale un ojo a mi último libro —» Mentiras que fueron verdad
Y aquí —» Todos mis libros


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.