Cinco microrrelatos #1

Primera recopilación de microrrelatos, publicados originalmente en Instagram.


Ya no estoy enfadado

El niño, de apenas cinco años, está sentado en el sofá de su casa, frente al televisor encendido. De pronto, se levanta y sale a la calle. Un rato después, la abuela se da cuenta de que el niño no está en casa y comienza a llamarlo. «Estoy aquí» se escucha desde afuera. La anciana sale y ve a su nieto sentado en la acera, mirando hacia un cielo gris y nuboso. Se le acerca entre contrariada y aliviada.
—¿Qué haces aquí? —pregunta.
—Quiero decirle que ya no estoy enfadado y que puede volver. Pero no la veo.


Se me había olvidado la lluvia

Aquella semana llovió todos los días, pero, para cuando salió el sol, ya se me había olvidado la lluvia.


¿Es esto el perdón?

Sentado a la sombra de una acacia, durante una calurosa tarde de verano, recibe la brisa con los ojos cerrados. Y se pregunta si merece, siquiera, ese pequeño gozo. Unos minutos después, un gorrión vuela hacia él y se posa en su regazo. Se miran, él completamente inmóvil, el pajarito con energía desbordante, brincado por sus piernas y agitando la cabeza, como si quisiera mirarlo desde todos los ángulos y perspectivas posibles. Permanecen así un rato, hasta que el animalito frota su pico varias veces contra su pantalón vaquero y se aleja volando.

Él sigue en el mismo sitio, en la misma posición, pero ahora la brisa es más fresca, la sombra más húmeda, la luz del sol más radiante y el canto de los pájaros más nítido. Un breve pero intenso atisbo de paz interior nace en el fondo de su pecho. Y se pregunta: «¿es esto el perdón?».


Por un camino polvoriento, anda una anciana menuda

Por un camino polvoriento, anda una anciana menuda, con la espalda encorvada y el ritmo pausado. Cubre su cabeza con un trapo fino de lino que apenas la protege del implacable sol. A medida que se acerca a mí, descubro que, donde debería estar su boca, tan solo hay una rendija, más parecida a una cicatriz abierta que a un orificio, y numerosas marcas de costura, encima y debajo, atravesadas por un hilo negro que mantiene los labios sellados.

Al pasar junto a mí, me mira con unos ojos pequeños y hundidos, las cejas caídas. La miro también, seguro de que va a intentar comunicarse conmigo para pedirme ayuda o, como mínimo, para compartir su sufrimiento. Pero no lo hace. Aparta la mirada y sigue andando por el camino polvoriento, con la espalda encorvada, bajo un sol implacable.


Decenas de ranas, tal vez cientos

Un niño paseaba por el bosque durante una mañana de otoño. El suelo estaba cubierto de hojas de plátano de sombra, de color marrón anaranjado, y el aire, muy denso, olía a tierra húmeda. De vez en cuando, el niño se agachaba y hurgaba entre las hojas. Estaba buscando ranas y a menudo creía haber visto una escondida en el sotobosque. Pero no conseguía encontrar ninguna, quizá porque se camuflaban muy bien con las hojas o quizá porque su vista le engañaba.

Al cabo de un rato, comenzó a llover y el niño se quejó y maldijo, al tiempo que iniciaba el regreso a casa. «Ha sido una mañana muy poco entretenida», pensó. Además, la lluvia lo estaba empapando y comenzaba a tener frío. «¡No tendría que haber venido!».

Pero entonces, cuando estaba llegando a la linde del bosque, muy cerca ya de su casa, percibió un movimiento en el suelo, delante de sus pies. En seguida, otro. Y otro. Y otro más. Giró sobre sí mismo y, con la boca abierta y los ojos como platos, descubrió que decenas de ranas, tal vez cientos, habían salido con la lluvia y estaban saltando entre las hojas caídas, de aquí para allá, por todo el suelo bosque.


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