Relato: Varada en una playa de nieve


Este es un relato de comprensión y cambio; una historia de amor tan surrealista como las demás, y un cuento sobre nosotros.

Este es el relato de una mujer varada en una playa de nieve.


La cafetera silbó y un intenso aroma a café inundó la estancia. Mientras ella se daba una ducha y terminaba de hacer el equipaje, bajé a comprar el pan. Luego corté varias rebanadas y las serví junto a un poco de queso y dos tazas de café. Cuando hubo metido todas sus cosas en la maleta, ella se sentó a mi lado, me tocó la mano y mordisqueó un poco de queso. Busqué su mirada, pero sus ojos verdes contemplaban algo en algún lugar muy lejos de mí. Una gota de agua resbaló por sus cabellos y cayó sobre su nariz. Se asustó y dio un respingo. Ambos sonreímos.

—Aunque lleves el cabello corto puedes secártelo. ¿Lo sabías? —dije sirviéndome un pedazo de pan. Estaba tibio y crujiente.

Me toca de los huevos secarme el pelo, por eso me lo corté.

Diana era alemana y, aunque hablaba bien el español, de vez en cuando tenía problemas con algunas frases hechas o términos confusos. Yo solía reírme cada vez que metía la pata. Como la vez que me dijo que quería hacerse el test de las enfermedades veterinarias. O cuando fue a la playa a enmorrenarse. Pero esa mañana no hice ningún comentario.

Nos conocimos en un concierto de música tribal. Yo estaba a punto de terminar los estudios de Derecho y tenía planeado dedicar el siguiente año a viajar por el mundo. Era un objetivo ambicioso porque hasta entonces no había salido de España. Mi padre falleció cuando yo tenía un año y mi madre, auxiliar de enfermería en una residencia de ancianos, sólo pudo darme un capricho: libros. En mi casa jamás faltaron libros y pude leer toda clase de novelas y ensayos. Solo hubo un género que no me interesó: el romántico. Es natural, no entendía el conflicto; sin embargo, en la «Isla del tesoro» o «El petit vampir» me parecía evidente y digno de ser narrado. Tras graduarme en el instituto, la idea de no ser como los demás y vivir mis propias historias en vez de leerlas fue volviéndose más y más atractiva. Dejé de consumir ocio comercial y busqué alternativas ‘underground’: cambié a La oreja de Van Gogh por The Strokes; los partidos de la Liga por Almodóvar, y los premios Planeta por escritores noveles algo torpes. Por supuesto que fue una estupidez y poco tenía que ver con vivir aventuras, pero al menos me sentía diferente y me pareció un buen comienzo. Hasta que la conocí a ella y cambié todos mis planes. El primer año de relación fue un poco difícil. Ella vivía en Alemania y yo en Barcelona, y solo podíamos vernos dos fines de semana al mes: uno iba yo y el otro venía ella. En esa época, no nos interesaba nada que no pudiera hacerse en una cama, un sofá o un lavabo de aeropuerto. Tras ese primer año, ella encontró trabajo como agente de márquetin para una agencia de viajes alemana con sede en Barcelona y se mudó a mi piso. Ambos trabajábamos de lunes a viernes y cada noche, después de trabajar, cenábamos juntos, hacíamos el amor y veíamos una película o leíamos un libro. Si tocaba lectura, ella leía en voz alta para los dos. Lo hacía porque le gustaba y, además, su voz era más bonita que la mía. Cuando nos entraba sueño, nos abrazábamos y apagábamos la luz. Los viernes por la noche cenábamos en un restaurante etíope y tomábamos helado. Los sábados íbamos corriendo hasta la playa y desayunábamos frente al mar. Por la noche quedábamos con nuestros amigos para cenar y beber. Los domingos improvisábamos. La premisa era que ningún domingo fuera igual que el anterior. Y así, pasaron dos años de cierta felicidad. Y digo cierta porque siempre me faltó algo. Era como si nuestra relación ocurriera en la superficie y las cosas importantes se perdieran en el abismo. Como cenar solo y poner un cuchillo de más. En fin, no sé explicarlo mejor.

Saqué dos cigarrillos del paquete que había encima de la mesa y le di uno a ella. Los encendimos cada uno con su mechero. El mío un Clipper verde; el suyo, uno azul.

—¿Estás segura? —pregunté tras unos minutos en silencio.

—No. —Por primera vez esa mañana, me miró a mí—. Por eso sé que tengo que hacerlo.

Luego desvió la mirada hacia la ventana y dio la última calada al cigarrillo. Hacía dos semanas que Diana me había dejado.

Después de romper conmigo, Diana decidió regresar a Alemania; pero antes tuvo que arreglar unos asuntos. Nada importante: un par de trámites en Extranjería. Ambos estuvimos de acuerdo en que lo mejor era que se quedase en el piso hasta el momento de irse. Estoy seguro de que para ella fue una cuestión práctica, como cuando sacas del congelador la comida para el día siguiente. Ella era ese tipo de persona. Por el contrario, yo era incapaz de establecer relaciones entre el hoy y el mañana. Para mí solo tenía valor la escena en la que me hallaba en cada momento. Un efecto secundario de haber leído tanto. Cuando tenía once años me encontré una moneda de quinientas pesetas en el suelo, junto a una cabina telefónica. En esa época podían comprarse muchas chucherías con ese dinero. De haberlo racionado bien, hubiese tenido merienda gratis todas las tardes durante una semana entera. Eso suponiendo que no me lo hubiese gastado todo de una sola vez. Eso suponiendo que hubiese cogido la moneda. Pero sucedió que ese día ya había merendado, así que no la cogí. Supongo que era un estúpido. Y supongo que, por la misma razón, acepté que ella se quedara en casa esas dos semanas. El caso es que no me había dejado porque quisiera volver a Alemania, sino que volvía a Alemania porque me había dejado. Según ella, ya no tenía nada que hacer en Barcelona y lo mejor era regresar a Düsseldorf. Tampoco me había dejado porque hubiese dejado de quererme. Sencillamente, nunca me había querido. Lo sé porque ella jamás se preocupó en esconderlo. «Nunca he querido a nadie», me decía a menudo.

—¿Ni siquiera a tus padres? —le había preguntado en una ocasión mientras caminábamos por la playa.

—Especialmente tampoco a ellos —me había contestado.

Apagué el cigarrillo y apuré la taza de café. En realidad, no sabía por qué me había dejado. Lo hizo sin más. Y yo no le pedí explicaciones. De alguna forma yo ya sabía que iba a suceder. Lo que no sabía era cuándo. Pero en ese misterio había una certeza: iba a ser en el futuro, un lugar inexistente para mí. Me serví más café. En algún rincón del edificio sonaba «Boléro» de Ravel.

—Anoche volví a soñar —dijo Diana.

En su mano la taza se agitaba como si pretendiera separar el agua del café. Yo asentí en silencio.

—Hacía frío, estaba todo nevado. Recorrí el camino de siempre. Al final, otra vez ella.

Hizo una pausa para encender un cigarrillo.

—La golpeé con todas mis fuerzas, pero no conseguí despertarla —concluyó.

Los muebles del comedor crujieron. Ahora sonaba una melodía desconocida que me recordó a unas variaciones de Chopin.

—¿Quién era ella?

—Era… una mujer grande. Muy grande. Y estaba tumbada: dormida, inconsciente o muerta… Como una ballena varada en una playa de nieve. Su piel fría y gris parecía piedra, pero no lo era. —Apoyó el cigarrillo en el cenicero y se miró las palmas de las manos con el ceño fruncido—. No, no lo era.

—Solo fue un sueño, Diana.

—No conseguí despertarla, y eso es malo.

Una nube de humo se interponía entre nosotros.

—¿Por qué es malo?

—¡Qué pregunta más estúpida! ¿No te parece obvio?

No me lo pareció. Pero asentí. Ella sonrió, se puso de pie y anunció que había llegado el momento de partir.

 

Llamamos a un taxi y bajamos a la calle a esperarlo. Cinco minutos más tarde, una mujer de unos cincuenta años y cabello violeta paró con su taxi delante de nosotros. Cargamos las dos maletas de rueditas —ruediyas según Diana— en el maletero y nos sentamos en la parte de atrás. Pese a ser muy temprano, la taxista estaba muy animada.

—Así que al aeropuerto, ¿eh?

Diana y yo nos miramos de reojo.

—Me gusta el aeropuerto. Pasan muchas personas por ese sitio al cabo del día. —Agitó la mano y soltó un silbidito. Acto seguido añadió—: Y cada una con su propia historia, ¿eh? ¿Cuál es la vuestra?

Dijo todo eso sin apartar la mirada del retrovisor para mantener el contacto visual con nosotros. Sorprendentemente no chocó con nada.

—Una historia cualquiera. No tiene nada de especial —dije yo, enfadado de repente. Tres años a su lado y no había sido capaz de entenderla. Tenía la sensación de que solo la conocía por fuera. Cuando la miraba veía una imagen incierta, desconocida. Hasta esa mañana ni siquiera sabía que odiaba secarse el pelo. Parecía una broma de mal gusto.

—¡Eso es mentira! —gritó la taxista y golpeó el volante con el puño—. No hay historias cualesquiera, chico.

Diana acarició mi hombro y yo, mostrando mi lado más inmaduro, me alejé de ella tanto como pude en los asientos traseros de ese viejo Toyota.

—¿Adónde vais? Si es que se puede saber.

—¿No debería estar mirando a la carretera? —Su exceso de confianza me inquietaba.

—Oh, tranquilo —rio la taxista haciendo un gesto de despreocupación con la mano—. He hecho este trayecto millones de veces. Lo conozco bastante bien.

—Soy yo la que se va. Él se queda —dijo Diana.

La sonrisa de la taxista se congeló. Supongo que comprendió que no estábamos de humor para aguantar su personalidad hiperentusiasta porque no volvió a hablar en todo el camino. En vez de eso, puso la radio. Una emisora musical donde sonaron seis baladas seguidas. Las más tristes del momento. Cuando llegamos a la Terminal 1 del Aeropuerto de Barcelona, Diana se bajó del taxi la primera y, antes de que yo pudiera bajar, la taxista me agarró del brazo y murmuró:

—Recuerda, las historias cualesquiera no existen.

No supe qué decirle. Bajé del taxi con la mente aturdida y, durante un segundo, sentí que iba a desmayarme.

—¿Va todo bien? —preguntó Diana.

Me froté la nuca y, poco a poco, el mundo volvió a ser nítido a mi alrededor.

—Sí, solo estoy un poco cansado. No he dormido demasiado estos últimos días.

—¿Bonitamente cansado? —dijo ella sonriendo, en alusión a una expresión suya que había sido motivo de algunas bromas.

—Solo cansado —murmuré para mí. Ni siquiera fui capaz de fingir estar bien, mi especialidad durante los últimos años.

Entramos en el aeropuerto y buscamos su vuelo en la pantalla:

10:10 horas. German Wings 9525 con destino a Düsseldorf. Puertas 101 a 110.

Aún quedaban dos horas y media para la salida del vuelo. Buscamos unos asientos en la zona pública y nos sentamos a esperar. Ambos sabíamos que en el momento en que Diana pasara el control de seguridad, nuestros caminos se separarían para siempre. Como por arte de magia, pasaríamos de íntimos a ajenos. Con frecuencia experimentamos el cambio de lo íntimo a lo ajeno y viceversa, no es tan grave. Frente a nosotros sus dos maletas y dentro de ellas la que había sido su vida junto a mí. Solo algo suyo había quedado en mi casa: un ejemplar de El lobo estepario. Desde que lo trajo, lo leyó más de diez veces. Yo, dos. Aún hoy, a menudo, me sorprendo pensando que en el interior de esa mujer bien podría esconderse el alma de un lobo. Pero nunca le doy muchas vueltas, aunque fuera verdad no sería capaz de distinguir cuándo es humana y cuándo animal.

A nuestro lado una familia japonesa comía ramen instantáneo. Me molestó bastante: no me pareció una hora adecuada para comer fideos. El niño, de unos diez años, se comportaba de forma ejemplar. Comía con unos palitos de madera desechables procurando no manchar la camisa blanca con pajarita azul marino, a juego con un pantalón corto también azul. Lo único que desentonaba era que iba descalzo. Aunque hasta eso demostraba el grado de educación del niño: los zapatos no estaban desperdigados por los alrededores, uno bocarriba y el otro bocabajo, sino bien alineados frente a él. El padre llevaba gafas redondas y el flequillo por media frente. La madre vestía un kimono de color verde pastel con un estampado de flores. Eran muy jóvenes y, sin embargo, formaban una familia de verdad. Como la que yo nunca tuve. Sentí envidia. Y rabia. No podía creer que estuvieran comiendo sopa a las ocho de la mañana.

—Creo que es el momento —dijo Diana.

La miré de reojo. Las piernas me temblaban y sabía que no sería capaz de sostenerle la mirada.

—Aún quedan dos horas. ¿Te quieres ir ya?

—Es el momento.

Cerré los ojos y suspiré.

—Vale —dije y me puse de pie.

—¡No! ¡No me dejes! —levantó la mirada hacia mí—. Es el momento. La piedra se está rompiendo.

Acto seguido cerró los ojos y su cabeza cayó hacia delante.

—Diana —llamé.

—Diana.

—¡Diana!

Me agaché junto a ella y traté de levantarle la cabeza, que seguía pegada al pecho. Al sentir el contacto de mi piel, Diana abrió los ojos y me miró.

—Está todo listo.

Se quitó los zapatos y de uno de ellos sacó una chincheta plateada.

—Despiértala —dijo tendiéndome la chincheta.

Miré la chincheta y la miré a ella. Comprendí que lo que me estaba tendiendo era una segunda oportunidad. A veces la vida nos da segundas oportunidades, como si supiera que somos idiotas y quisiera saber hasta qué punto. Mi segunda oportunidad fue una chincheta valorada en quinientas pesetas y solo tenía que cogerla y gastarla. Miré a Diana y nos sonreímos. Agarré la chincheta y caminé hasta el niño japonés. Me arrodillé frente a él y le tendí la mano abierta con la chincheta. Él me miró y luego siguió comiendo fideos con la mayor atención y cuidado. Me di cuenta de que sus padres ya no estaban allí. Estábamos solos: Diana, él y yo. Tal vez fuéramos la misma persona. Sí, ahora estoy seguro de que lo éramos. Cuando se hubo terminado todos los fideos y solo quedó el caldo, el niño cogió la chincheta y la metió en uno de sus zapatos. A cambio, me dio el bote de los fideos. Volví hasta donde estaba Diana.

—Es la hora —dijo con una sonrisa apacible—. Despiértala, despiértala.

Cogí la mano de Diana, llevé el bote hasta mi boca y bebí un sorbo del caldo. Sabía a metal, como si fuera una sopa de tornillos oxidados, y tuve que hacer un gran esfuerzo para no vomitar. Frente a mí, Diana resbaló de su asiento y cayó al suelo de rodillas. Luego arqueó la espalda con violencia mientras tomaba una bocanada de aire infinita.

 

Ahora, cinco años más tarde, la observo mientras escribo. Está tumbada en el sofá, con las piernas sobre una pila de cojines y un libro en la mano. Dejo que las gafas me resbalen hasta la punta de la nariz. Por debajo de ellas veo nuestra historia; por encima, tres «te quiero». Se siente observada y levanta la vista hacia mí.

—¡Eh, tú! —dice con fingida indignación—. ¡Deja de espionarme!

No puedo evitar reírme. Después de siete años en España, aún mete la pata.


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