Relato: Las cosas importantes debe hacerlas uno mismo

Este es un relato que habla de una persona muy normal que, como tú y como yo, es esclava de sí misma. Este es el relato sobre cómo conocí a Nerea.

La conocí hace tres años en el tren de alta velocidad. Íbamos a Madrid. Yo a hacer un curso de corrección y ella al hospital Carlos III. No estaba enferma. En realidad, estaba perfectamente. Y ese, me dijo, era el motivo de la visita al hospital.

—Solo como fruta desde hace nueve años y los médicos no entienden cómo puedo estar tan bien. —Se estaba comiendo una manzana roja como su cabello e hizo una pausa para darle un mordisco—. Sabes, según dicen debería tener muchas carencias: vitamina B12, proteínas, calcio… Pero no es así. —Dio otro bocado a la manzana, masticó con calma y tragó—. ¿Te lo puedes creer?

Se llamaba Nerea. Tenía veintiocho años, uno más que yo, y llevaba desde los diecinueve sin comer nada que no fuera fruta.

Me contó que su caso era muy interesante para la medicina y que ya era la tercera vez que iba a Madrid para someterse a pruebas médicas. Viajaba con una maleta pequeña y un bolso de mano con varias piezas de fruta dentro. Cuando estábamos por Zaragoza, sacó dos plátanos y me ofreció uno. Le di las gracias y decliné el ofrecimiento, aunque en realidad me apetecía mucho. Esa mañana había salido de casa con el tiempo justo para coger el tren y no había tenido tiempo de desayunar. Ella insistió:

—Tienes que probarlo. No se trata de un plátano cualquiera.

—¿Ah, no? —Miré el plátano y no vi nada raro en él—. A mí me parece un plátano de lo más normal.

—Y en un sentido estricto lo es —contestó—, pero al mismo tiempo es un plátano extraordinario. Cuando lo pruebes lo entenderás.

Me cogió la mano y puso el plátano en ella. Era una pieza amarilla, con algunas manchas negras, y tan corto que me cabía en la palma de la mano. Lo abrí y descubrí una pulpa blanca como la leche. Levanté la mirada hacia ella, que ya estaba masticando el suyo, y me guiñó el ojo.

—Adelante, pruébalo.

Lo mordí. Lo primero que me llamó la atención fue la textura. Era consistente, firme, pero nada fibrosa. En cuanto al sabor, sabía a plátano en su punto, ni demasiado dulce ni áspero. Nerea tenía razón: era un plátano extraordinario de lo más normal. Me lo comí en dos bocados. Ella me sonrió.

—Siempre que puedo compro la fruta a agricultores de confianza —me contó.

Había algunos que vendían naranjas y mandarinas; otros, manzanas, melocotones o sandías. Otros plátanos. Como compraba solo fruta de temporada y en grandes cantidades, le hacían buen precio. Para que no se le echaran a perder las piezas más maduras, hacía compotas o mermeladas con azúcar de caña y se las vendía a los conocidos.

Después de ese viaje en tren, nos hicimos buenos amigos y comenzamos a vernos a menudo en Barcelona. A ella le gustaba mucho montar en bici y daba la casualidad de que yo tenía una Orbea de montaña que había comprado por capricho unos meses antes. Quedábamos casi cada semana, sábado o domingo, en Plaza Lesseps, y poníamos rumbo a Collserola. Solían ser rutas de varias horas y con un desnivel alto, muy exigentes físicamente. Pero ella estaba en una forma admirable. A pesar de comer solo fruta, no solo completaba las rutas sin demostrar cansancio, sino que, además, tenía aliento para contarme cualquier cosa mientras pedaleábamos cuesta arriba. Entre jadeos, me hablaba de las propiedades del aguacate o me contaba que su fruta favorita eran las cerezas.

—¡Cuanto… más… arf… maduras… mejor!

Yo me limitaba a escucharla. No es que no quisiera opinar sobre las cerezas, es que no tenía aliento para hacerlo.

Por supuesto no hablábamos solo de fruta. A veces también me contaba cosas sobre su trabajo. Trabajaba en el departamento de contrataciones de una empresa de desarrollo de aplicaciones web. Su tarea consistía en entrevistar a los candidatos y emitir un informe favorable o desfavorable de acuerdo al perfil que estuvieran buscando en ese momento. Era una de esas personas que aman su trabajo. Lo sé porque hablaba de él con el mismo entusiasmo que de las frutas.

—Es una sensación curiosa, ¿sabes? Juzgar a los demás.

Acabábamos de llegar a la cima del monte del Carmelo después de una ruta en bici de cuarenta kilómetros. Nos gustaba pasar por allí antes de volver a casa. Desde allí se veía toda la ciudad y siempre soplaba un viento suave y fresco, incluso en verano. Ese día el cielo estaba cubierto de nubes grises y caía una llovizna fina que apenas se notaba. Era un perfecto día de otoño.

Apoyamos las bicicletas en un árbol y nos sentamos en una roca. Nerea sacó tres mandarinas y dos peras de la mochila y lo dejó todo en el suelo, entre nosotros. Como solo comía fruta de sus proveedores, ella se encargaba de llevar la merienda. Al principio me yo me llevaba la mía, pero me convenció de que no le importaba en absoluto compartir la suya y tengo que reconocer que me encantaba comer fruta con ella. Comer fruta es una actividad normal y corriente, como lavarse los dientes o fruncir el ceño, pero había algo magnético en su forma de pelar las mandarinas o morder las manzanas. En como frotaba las cerezas para quitarles el polvo o en como sujetaba la pera, a la altura de su boca, mientras masticaba y tragaba. Si la miraba con atención, podía percibirlo. Se trataba de algún tipo de cadencia exacta en cada uno de sus movimientos, una especie de paso a paso consciente del que no se desviaba jamás.

Cogí una mandarina y comencé a pelarla.

—A mí no me gusta juzgar —volví al tema de su trabajo.

—No me refiero a juicios de valor, sino a juzgar si la persona que tengo delante es apta o no para trabajar en la empresa. —Mientras hablaba frotaba una pera con mucho cuidado, como si tuviera miedo de romperla—. Jamás juzgo si alguien es bueno o malo, solo si es apto o no. Y reconozco que me gusta tener ese poder. Me hace sentir un cosquilleo justo aquí.

Me cogió la mano y la colocó unos centímetros encima de sus pechos, en el punto donde se unen los huesos de la clavícula.

—Y si la persona resulta apta, ese cosquilleo se transforma en un agradable calambre que recorre todo mi cuerpo.

—¿Como un orgasmo? —pregunté.

Me miró divertida.

—De ninguna manera, son dos cosas totalmente distintas.

Apartó mi mano de su pecho, llevo la pera a la altura de sus labios y la mordió. La mano permaneció junto a su boca mientras Nerea masticaba y tragaba.

—Es una sensación muy parecida a la que sientes cuando estás pescando y un pez muerde el anzuelo —dijo, y sin darme tiempo a reaccionar, añadió—: ¿Sabes?, tengo muchas ganas de ir a pescar.

Casi se me cae la mandarina pelada al suelo.

—¿Te gusta pescar?

—¡Me encanta! ¿No te lo había contado?

—No, lo recordaría.

Se puso de pie y metió la piel de las mandarinas en la mochila.

—Cuando era pequeña iba a pescar todos los domingos con mi abuelo. Hasta que murió y ya no tuve con quien ir.

Se quedó en silencio, como si su mente se hubiera perdido entre los recuerdos de su infancia.

—¿Entonces qué? —dijo unos instantes más tarde—. ¿Me acompañas a pescar la semana que viene?

La miré y, sin pararme a pensarlo, asentí. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Después de merendar, cogimos las bicicletas y regresamos a Barcelona. En Plaza Lesseps, nos despedimos, pero antes le hice una pregunta que llevaba un rato rondándome por la mente:

—¿Qué pasa con el cosquilleo en el pecho si la persona resulta no apta?

Nerea apretó los labios y frunció el ceño.

—Nada, se desvanece.

Yo no había pescado nunca. Ni siquiera tenía nociones sobre cómo se hacía. Tampoco recordaba haber visto nunca documentales de pesca ni nada parecido. Para mí, las cañas de pescar eran instrumentos indescifrables. Así se lo comuniqué a Nerea. Me contestó que no importaba, que ella era muy buena pescando y me enseñaría. La noche antes de ir a pescar, vino a dormir a mi casa.

No era la primera vez que se quedaba en mi casa. Algunos fines de semana, después de nuestra ruta en bici, venía a cenar conmigo. Traía cinco o seis piezas de fruta y preparábamos una macedonia. Luego, veíamos una película y ella se quedaba dormida antes del final.

La primera vez que ocurrió eso, Nerea durmió toda la noche en el sofá. Al terminar la película, la tapé con una manta fina y me fui a la cama. La segunda vez fue a mediados de diciembre y hacía mucho frío. En mi piso no había calefacción y tuvimos que cenar y ver la película tapados con una manta gruesa de lana, muy cerca el uno del otro. El calor de nuestros cuerpos se entremezclaba debajo de la manta creando la atmósfera más agradable del mundo. Nerea, igual que la vez anterior, se durmió en mitad de la película. Yo terminé de verla. Luego permanecí un rato allí, junto a ella. Solo mirándola. Sus párpados estaban cerrados y de vez en cuando sufrían un pequeño espasmo. Respiraba por la boca y eso hacía que la tuviera ligeramente abierta, como si quisiera decir algo y no encontrara las palabras. La televisión seguía encendida y el constante cambio de luces dotaba a su rostro de matices infinitos. Me hubiese quedado así toda la noche, pero algo dentro de mí me dijo que no está bien mirar a la gente cuando duerme. Al final, apagué la televisión y me fui a la cama. Todavía pasó un rato hasta que me entró el sueño, tiempo durante el que me pregunté si hubiese sido un error darle un beso de buenas noches. «No se puede ir por la vida dando besos en los labios a las personas que se quedan dormidas, ¿pero qué tiene de malo un beso en la mejilla? O en la frente. Nada». Di vueltas y vueltas a este pensamiento hasta que se me empezaron a cerrar los ojos. Y cuando estaba a punto de quedarme dormido, escuché sus pasos acercándose. Entró en mi habitación.

—¿Estás despierto? —susurró.

—Sí.

—¿Puedo dormir contigo?

Sin pararme a pensarlo, le dije que sí. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Me aparté para dejarle un hueco y se metió en la cama. Se puso de espaldas a mí, en posición fetal con las manos juntas a la altura de la cara, y se durmió en seguida. A mí se me quitó el sueño. No pude pegar ojo en toda la noche.

Después de eso, cada vez que vino a dormir a casa, durmió conmigo, en la cama.

La tarde antes de ir a pescar llegó a mi casa sobre las nueve, como de costumbre. Consigo trajo una mochila con el neceser y algo de ropa, una cesta de mimbre llena de fresas, dos cañas de pescar y una cajita con artilugios de pesca.

—Antes de cenar, te voy a enseñar cómo se preparan las cañas. Ven, siéntate.

Se sentó en el suelo del salón, cruzó las piernas debajo de la enorme falda de volantes blanca que llevaba y señaló con el dedo el sitio donde yo debía sentarme. Hice lo que me pedía y me senté de rodillas junto a ella. Las dos cañas de pescar y la caja estaban delante de nosotros. Nerea cogió una de las cañas. En ella se leía las cifras dos y cuarenta, que supuse que era lo que medía. Observé cómo la desplegaba y colocaba el carrete. Mientras sus manos trabajaban con precisión, ella me explicaba el porqué de cada paso y me preguntaba si lo estaba entendiendo. Cuando terminó de preparar la primera caña, me dijo que ahora me tocaba a mí preparar la mía. Para ser la primera vez, lo hice bastante bien. Nerea solo me tuvo que ayudar a la hora de atar el anzuelo al hilo de nilón.

—Hay quien prefiere comprar el anzuelo ya atado, pero es mejor comprar el anzuelo y el hilo por separado y unirlos tú mismo.

—¿Qué ganas haciéndolo así? —pregunté mientras intentaba reproducir el nudo que me había enseñado a hacer. No lo conseguí y terminé pinchándome el dedo.

—No es una cuestión de ganar o perder. —Me quitó el anzuelo de las manos—. Las cosas importantes debe hacerlas uno mismo. —Desvió la mirada hacia el anzuelo y comenzó a hacer el nudo—. En la pesca, no hay nada más importante que la unión entre el hilo y el anzuelo. —Dio varias vueltas al cuello del anzuelo con el hilo, pasó el extremo entre ellas y apretó el nudo. Luego dio un tirón fuerte y comprobó que había quedado bien atado—. Si esto se rompe o se desata, no hay nada que te una al pez que quieres pescar. ¿Entiendes por qué no puedes dejarlo en manos de nadie?

Después de preparar las cañas, cenamos fresas. Eran los primeras de aquella temporada y estaban un poco ácidas y crujientes. La cesta que Nerea había traído era muy grande y comimos hasta saciarnos. Esa noche no quiso ver ninguna película.

—Si queremos pescar algo tendremos que madrugar mucho, así que hay que ir a dormir pronto.

Guardamos las fresas que nos habían sobrado, nos lavamos los dientes y nos preparamos para ir a dormir. Hasta entonces, ella siempre se había puesto el pijama después de cenar y antes de ver la tele. Mientras yo recogía la mesa, se metía en mi habitación y se cambiaba en privado. Esa noche yo terminé de lavarme los dientes antes que ella y fui a la habitación a ponerme el pijama. Ella llegó unos minutos después, cuando yo ya estaba tumbado en la cama. Se agachó junto a la mochila con la ropa y sacó el suyo. Era de color rosa y tenía un osito de color azul marino bordado en el pecho. Supuse que saldría de la habitación para ponérselo, pero no fue así.

Dejó el pijama sobre la cama y se recogió el cabello con una goma. Luego, se quitó la camiseta. Yo la observaba, paralizado. Llevaba un sujetador negro y la piel de su vientre brillaba bajo la luz cálida de la lámpara de noche. Dejó la camiseta junto al pijama y subió los brazos hacia el cierre del sujetador. Entonces me miró, como si se hubiese acordado de repente de yo que estaba allí, y se dio la vuelta. Noté como la sangre subía a toda prisa hasta mi cara y comencé a sentir los latidos de mi corazón en la sien. Nerea se quitó el sujetador con un movimiento lento.

—Leo —dijo.

—¿Sí? —Mi voz sonó ronca, como si mis cuerdas vocales se hubieran secado de repente.

Sin girarse, estiró el brazo hacia atrás y extendió la mano.

—¿Me pasas la camiseta del pijama, por favor?

Hice lo que me pedía y luego desvié la mirada hacia la ventana. La imagen de su espalda desnuda me resultaba casi insoportable. Nerea se puso la camiseta y, después, se giró hacia mí. Yo no volví a mirarla, pero vi como bajaba la cremallera lateral de la falda, como esta se deslizaba por sus piernas hasta el suelo, como levantaba un pie para recogerla. Vi también como metía un pie y luego otro en el pantalón del pijama y envolvía en él los muslos. No pude ver, sin embargo, solo intuir, apenas una sombra difusa, la tela negra que se cerraba alrededor de sus caderas y escondía lo que más deseaba en ese momento.

Después de ponerse el pijama, Nerea se metió en la cama y yo apagué la lámpara.

—Buenas noches —dije.

Ella me cogió la mano, acercó su cara a la mía y, en completa oscuridad, me besó muy cerca del ojo, por encima de la mejilla. Había sido un beso al azar y podría haber sucedido en cualquier lugar de mi rostro, incluso en los labios. ¿Cómo habría sido ese mismo beso en los labios?

A la mañana siguiente, el despertador de Nerea sonó a las cinco de la madrugada. Yo tenía mucho sueño y ella, en cambio, estaba muy activa. No supe si por entusiasmo o nervios.

—La última vez que fui a pescar, mi abuelo ya estaba enfermo.

Estábamos en el tren, camino de la playa. Nerea tenía la frente apoyada contra el cristal de la ventana y su mirada se perdía en la oscuridad exterior: aún no había amanecido. Me atreví a cogerle la mano, tal y como ella había hecho conmigo la noche anterior. Me correspondió con un suave apretón.

—Hacía un día gris y no pescamos nada. Fue como una señal de que su vida estaba a punto de terminar. —Su voz sonaba neutra, desprovista de cualquier emoción—. Cada día, cuando terminábamos de pescar, ayudábamos a mi abuela a preparar el pescado y nos lo comíamos los tres juntos. Pero ese día no había pescado, así que comimos fruta.

Llegamos a la playa un poco más tarde de las seis y media de la mañana y aún no había amanecido. Nerea había traído una caja de gusanos que iban a ser el cebo. Me enseñó a colocarlos en el anzuelo y lanzamos el sedal. Nos sentamos en la arena, el uno al lado del otro para combatir el frío de la madrugada. Las olas golpeaban la orilla, una tras otra, y soplaba un viento húmedo. Al cabo de unos minutos, el sol comenzó a asomar por el horizonte marino. Al principio, un pequeño punto de luz naranja, y poco a poco se fue haciendo más y más grande, hasta convertirse en un semicírculo amarillo. El cielo, salpicado de nubes blancas, se tornó morado y luego azul, y la superficie del mar empezó a brillar aquí y allá, mientras nosotros sujetábamos las cañas de pescar. Nerea apoyó la cabeza en mi hombro.

—Si pescamos algo, quiero que lo cocinemos y nos lo comamos.

La miré sorprendido.

—¿Lo dices en serio?

Levantó la cabeza, dio dos vueltas al carrete y comprobó la tensión del hilo con el dedo.

—Ayer, antes de ir a tu casa, recibí una llamada del hospital.

—¿Qué querían? ¿Va todo bien? —pregunté.

—Los resultados de las últimas pruebas no han sido buenos. Hay algún tipo de desequilibrio en mi cuerpo.

Miré hacia el fondo del mar y di una vuelta al carrete.

—¿Y tú te encuentras bien?

—Últimamente me siento un poco cansada. Quizá no tenga nada que ver, pero el doctor cree que está relacionado. Me ha recomendado que esta semana coma normal, ya sabes, vegetales, pescado, huevos, esas cosas, y la semana que viene vaya a repetir las pruebas.

—Así que se acabó lo de comer solo fruta.

—Supongo que sí.

—Dime una cosa, ¿por qué solo fruta? ¿Por qué tomaste esa decisión?

Nerea dejó la caña en la arena. Después puso las manos sobre su regazo, juntó las piernas y escondió la cabeza entre los hombros.

—No hay ninguna razón. Simplemente, porque podía.

Un aire suave agitaba su cabello que brillaba bajo los primeros rayos de sol.

—Creí que podía —rectificó.

Entonces noté tres tirones en mi sedal y un cosquilleo en el pecho. Habían picado.


Si te ha gustado este relato, échale un ojo a mi último libro —» Mentiras que fueron verdad
Y aquí —» Todos mis libros


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.