Cuento de Navidad: Ya vienen

—Ya hemos llegado —les dije a los compradores. Era la primera vez que regresaba a la casa de los yayos desde su muerte.

Metí la llave en la cerradura y giró con facilidad. Al empujar la puerta, sin embargo, rozó con el suelo y tuve que apoyar todo mi peso para conseguir abrirla. Una corriente de aire frío me trajo un pesado aroma a madera húmeda.

Caminamos hasta la cocina, que era también el comedor. La mesa de madera, antaño capaz de albergar a toda una familia, me pareció ahora pequeña y débil, incapaz de sostener ni un plato vacío. Debajo de la ventana estaba el sofá, amarillento y con los bajos llenos de arañazos de Perla. A la derecha, los fogones. Mirándolos tuve la sensación de que si alzaba la mano podría tocar a la yaya en la espalda y pedirle una paracota. De pronto, el olor a madera húmeda desapareció y me envolvió una atmósfera cálida que olía a masa frita y a miel tibia.

Afuera acababa de anochecer y la yaya estaba preparando la cena. En los fogones, una olla enorme cocía col y patatas; sobre el mármol, dos lubinas pescadas esa misma mañana esperaban a que el horno estuviera caliente, y, sobre la mesa, una bandeja de paracotas recién fritas que reposaban cubiertas con un trapo. Sin que ella me viera, deslicé la mano por debajo del trapo y cogí una. Tuve mala suerte: era de las que llevaban higo. Las únicas que me gustaban eran las que solo tenían un poco de miel, pero como la yaya hacía unas cuantas de cada tipo, hasta que no las probabas no sabías qué te había tocado. Mordisqueé las partes sin higo y le di el resto al yayo.

—¿Cuándo pondremos la hierba para los camellos? —le pregunté.

—Ahora mismo, que, si no, nos perderemos la cabalgata de la primera.

Salimos de casa y fuimos hasta el almacén. Aunque solo teníamos que caminar doscientos metros, procuré no alejarme del yayo: era noche de reyes y en cualquier momento podía pasar «algo». Alumbrados con un foco de pescar angulas, llenamos un capazo con hierba que habíamos cortado esa mañana, mientras pescábamos en el río, y lo dejamos justo al lado de la puerta de casa. Era muy importante que los pajes, cuando pasaran por allí con los camellos, supieran que esa hierba la habíamos puesto nosotros y no los vecinos.

En el pueblo, los Reyes Magos llegan el cinco de enero por la noche, pero hasta el seis por la mañana no se dejan ver. Durante esa noche, los pajes recorren las calles del pueblo con los camellos para que se coman la hierba que los niños les han preparado. Por eso, los niños no pueden salir a la calle después de cenar. El único momento de la noche en el que se les permite salir es cuando…

—¡Ay, Dios mío! ¡Joaquín! ¡Joaquín! —gritó la yaya, muy exaltada, desde la calle. Había salido a llevar unas cuantas paracotas a su hermana, que vivía al lado.

En ese momento, el yayo y yo estábamos tumbados en la cama viendo un programa de canciones y chistes. Desde que había terminado la cabalgata, hacía un buen rato, él había estado alerta, pendiente de los ruidos de la calle. Y ya me había avisado en una ocasión:

—Me parece que he oído algo.

Con el corazón a mil, yo me había apretado contra él y había aguzado el oído, pero no había conseguido escuchar nada. Hasta que la yaya nos llamó a gritos y se me erizó el bello de los brazos y piernas.

Me quedé paralizado, presa de un miedo insuperable, irracional, y estuve a punto de mearme encima. El yayo, que era muy valiente, se levantó, me cogió en brazos y me sacó a la calle corriendo. Era la primera vez que lo veía correr. Allí estaba la yaya, con el capazo volcado y vacío a sus pies y señalando hacia los arrozales, por donde, decía, había visto irse a los pajes y a los camellos. La mezcla de emociones y la intensidad del momento fueron fulminantes y, ahora sí, me mee encima.

El resto de la noche transcurrió como en un sueño en el que sabes que todo puede pasar. Dormí con el yayo, pero me desperté más de diez veces. Y cada vez que me desperté, con la cabeza escondida debajo de las sábanas, intenté oír algún sonido que viniese del exterior. Todas las veces creí escuchar algo: pisadas de camello, voces que hablaban en la lengua de las mil y una noches, gente acarreando paquetes.

A las siete de la mañana, el yayo me despertó.

—Levántate. Ya vienen.

A lo lejos, escuché el cuerno de los Reyes Magos. Era la inequívoca señal que indicaba que Melchor, Gaspar y Baltasar, acompañados por toda la corte de pajes, estaban entrando en el pueblo cargados de regalos.

—Sí, yayo, ya están aquí —balbuceé. Los dientes me castañeaban.

Pocos minutos después, alguien golpeaba la puerta de casa y tocaba el timbre con insistencia. Afuera se escuchaban voces desconocidas, ininteligibles. Yo caminaba con tres monedas en la mano que iba a intercambiar, junto con un beso, por mis regalos, y a medida que me acercaba a la puerta, el corazón me latía más y más rápido. El timbre seguía sonando y la visión túnel me impedía ver nada que no fuera la puerta. Cuando estuve delante de ella, la abrí y el aire frío me golpeó en la cara. El aire frío y el olor a humedad. De nuevo, me hallé en una casa olvidada y triste.

Durante el camino de vuelta llamé a mi mujer:

—No les ha interesado, dicen que la casa está en mal estado. Y no les falta razón. He pensado que lo mejor es reformarla y después ya veremos qué hacemos con ella. Quizá podamos pasar alguna Navidad aquí, creo que a los niños les gustaría.


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