Cuento de Navidad: Ya vienen

—Ya hemos llegado —les dije a los compradores. Era la primera vez que regresaba a la casa de los yayos desde su muerte.

Metí la llave en la cerradura y giró con facilidad. Al empujar la puerta, sin embargo, rozó con el suelo y tuve que apoyar todo mi peso para conseguir abrirla. Una corriente de aire frío me trajo un pesado aroma a madera húmeda.

Caminamos hasta la cocina, que era también el comedor. La mesa de madera, antaño capaz de albergar a toda una familia, me pareció ahora pequeña y débil, incapaz de sostener ni un plato vacío. Debajo de la ventana estaba el sofá, amarillento y con los bajos llenos de arañazos de Perla. A la derecha, los fogones. Mirándolos tuve la sensación de que si alzaba la mano podría tocar a la yaya en la espalda y pedirle una paracota. De pronto, el olor a madera húmeda desapareció y me envolvió una atmósfera cálida que olía a masa frita y a miel tibia. Seguir leyendo →

Relato: Varada en una playa de nieve

Este es un relato de comprensión y cambio; una historia de amor tan surrealista como las demás, y un cuento sobre nosotros.

Este es el relato de una mujer varada en una playa de nieve.

La cafetera silbó y un intenso aroma a café inundó la estancia. Mientras ella se daba una ducha y terminaba de hacer el equipaje, bajé a comprar el pan. Luego corté varias rebanadas y las serví junto a un poco de queso y dos tazas de café. Cuando hubo metido todas sus cosas en la maleta, ella se sentó a mi lado, me tocó la mano y mordisqueó un poco de queso. Busqué su mirada, pero sus ojos verdes contemplaban algo en algún lugar muy lejos de mí. Una gota de agua resbaló por sus cabellos y cayó sobre su nariz. Se asustó y dio un respingo. Ambos sonreímos.

—Aunque lleves el cabello corto puedes secártelo. ¿Lo sabías? —dije sirviéndome un pedazo de pan. Estaba tibio y crujiente.

—Me toca de los huevos secarme el pelo, por eso me lo corté.

Diana era alemana y, aunque hablaba bien el español, de vez en cuando tenía problemas con algunas frases hechas o términos confusos. Yo solía reírme cada vez que metía la pata. Como la vez que me dijo que quería hacerse el test de las enfermedades veterinarias. O cuando fue a la playa a enmorrenarse. Pero esa mañana no hice ningún comentario.

Nos conocimos en un concierto de música tribal. Yo estaba a punto de terminar los estudios de Derecho y tenía planeado dedicar el siguiente año a viajar por el mundo. Era un objetivo ambicioso porque hasta entonces no había salido de España. Mi padre falleció cuando yo tenía un año y mi madre, auxiliar de enfermería en una residencia de ancianos, sólo pudo darme un capricho: libros. En mi casa jamás faltaron libros y pude leer toda clase de novelas y ensayos. Solo hubo un género que no me interesó: el romántico. Es natural, no entendía el conflicto; sin embargo, en la «Isla del tesoro» o «El petit vampir» me parecía evidente y digno de ser narrado. Tras graduarme en el instituto, la idea de no ser como los demás y vivir mis propias historias en vez de leerlas fue volviéndose más y más atractiva. Dejé de consumir ocio comercial y busqué alternativas ‘underground’: cambié a La oreja de Van Gogh por The Strokes; los partidos de la Liga por Almodóvar, y los premios Planeta por escritores noveles algo torpes. Por supuesto que fue una estupidez y poco tenía que ver con vivir aventuras, pero al menos me sentía diferente y me pareció un buen comienzo. Hasta que la conocí a ella y cambié todos mis planes. El primer año de relación fue un poco difícil. Ella vivía en Alemania y yo en Barcelona, y solo podíamos vernos dos fines de semana al mes: uno iba yo y el otro venía ella. En esa época, no nos interesaba nada que no pudiera hacerse en una cama, un sofá o un lavabo de aeropuerto. Tras ese primer año, ella encontró trabajo como agente de márquetin para una agencia de viajes alemana con sede en Barcelona y se mudó a mi piso. Ambos trabajábamos de lunes a viernes y cada noche, después de trabajar, cenábamos juntos, hacíamos el amor y veíamos una película o leíamos un libro. Si tocaba lectura, ella leía en voz alta para los dos. Lo hacía porque le gustaba y, además, su voz era más bonita que la mía. Cuando nos entraba sueño, nos abrazábamos y apagábamos la luz. Los viernes por la noche cenábamos en un restaurante etíope y tomábamos helado. Los sábados íbamos corriendo hasta la playa y desayunábamos frente al mar. Por la noche quedábamos con nuestros amigos para cenar y beber. Los domingos improvisábamos. La premisa era que ningún domingo fuera igual que el anterior. Y así, pasaron dos años de cierta felicidad. Y digo cierta porque siempre me faltó algo. Era como si nuestra relación ocurriera en la superficie y las cosas importantes se perdieran en el abismo. Como cenar solo y poner un cuchillo de más. En fin, no sé explicarlo mejor.

Saqué dos cigarrillos del paquete que había encima de la mesa y le di uno a ella. Los encendimos cada uno con su mechero. El mío un Clipper verde; el suyo, uno azul.

—¿Estás segura? —pregunté tras unos minutos en silencio.

—No. —Por primera vez esa mañana, me miró a mí—. Por eso sé que tengo que hacerlo.

Luego desvió la mirada hacia la ventana y dio la última calada al cigarrillo. Hacía dos semanas que Diana me había dejado.

Después de romper conmigo, Diana decidió regresar a Alemania; pero antes tuvo que arreglar unos asuntos. Nada importante: un par de trámites en Extranjería. Ambos estuvimos de acuerdo en que lo mejor era que se quedase en el piso hasta el momento de irse. Estoy seguro de que para ella fue una cuestión práctica, como cuando sacas del congelador la comida para el día siguiente. Ella era ese tipo de persona. Por el contrario, yo era incapaz de establecer relaciones entre el hoy y el mañana. Para mí solo tenía valor la escena en la que me hallaba en cada momento. Un efecto secundario de haber leído tanto. Cuando tenía once años me encontré una moneda de quinientas pesetas en el suelo, junto a una cabina telefónica. En esa época podían comprarse muchas chucherías con ese dinero. De haberlo racionado bien, hubiese tenido merienda gratis todas las tardes durante una semana entera. Eso suponiendo que no me lo hubiese gastado todo de una sola vez. Eso suponiendo que hubiese cogido la moneda. Pero sucedió que ese día ya había merendado, así que no la cogí. Supongo que era un estúpido. Y supongo que, por la misma razón, acepté que ella se quedara en casa esas dos semanas. El caso es que no me había dejado porque quisiera volver a Alemania, sino que volvía a Alemania porque me había dejado. Según ella, ya no tenía nada que hacer en Barcelona y lo mejor era regresar a Düsseldorf. Tampoco me había dejado porque hubiese dejado de quererme. Sencillamente, nunca me había querido. Lo sé porque ella jamás se preocupó en esconderlo. «Nunca he querido a nadie», me decía a menudo.

—¿Ni siquiera a tus padres? —le había preguntado en una ocasión mientras caminábamos por la playa.

—Especialmente tampoco a ellos —me había contestado.

Apagué el cigarrillo y apuré la taza de café. En realidad, no sabía por qué me había dejado. Lo hizo sin más. Y yo no le pedí explicaciones. De alguna forma yo ya sabía que iba a suceder. Lo que no sabía era cuándo. Pero en ese misterio había una certeza: iba a ser en el futuro, un lugar inexistente para mí. Me serví más café. En algún rincón del edificio sonaba «Boléro» de Ravel.

—Anoche volví a soñar —dijo Diana.

En su mano la taza se agitaba como si pretendiera separar el agua del café. Yo asentí en silencio.

—Hacía frío, estaba todo nevado. Recorrí el camino de siempre. Al final, otra vez ella.

Hizo una pausa para encender un cigarrillo.

—La golpeé con todas mis fuerzas, pero no conseguí despertarla —concluyó.

Los muebles del comedor crujieron. Ahora sonaba una melodía desconocida que me recordó a unas variaciones de Chopin.

—¿Quién era ella?

—Era… una mujer grande. Muy grande. Y estaba tumbada: dormida, inconsciente o muerta… Como una ballena varada en una playa de nieve. Su piel fría y gris parecía piedra, pero no lo era. —Apoyó el cigarrillo en el cenicero y se miró las palmas de las manos con el ceño fruncido—. No, no lo era.

—Solo fue un sueño, Diana.

—No conseguí despertarla, y eso es malo.

Una nube de humo se interponía entre nosotros.

—¿Por qué es malo?

—¡Qué pregunta más estúpida! ¿No te parece obvio?

No me lo pareció. Pero asentí. Ella sonrió, se puso de pie y anunció que había llegado el momento de partir.

 

Llamamos a un taxi y bajamos a la calle a esperarlo. Cinco minutos más tarde, una mujer de unos cincuenta años y cabello violeta paró con su taxi delante de nosotros. Cargamos las dos maletas de rueditas —ruediyas según Diana— en el maletero y nos sentamos en la parte de atrás. Pese a ser muy temprano, la taxista estaba muy animada.

—Así que al aeropuerto, ¿eh?

Diana y yo nos miramos de reojo.

—Me gusta el aeropuerto. Pasan muchas personas por ese sitio al cabo del día. —Agitó la mano y soltó un silbidito. Acto seguido añadió—: Y cada una con su propia historia, ¿eh? ¿Cuál es la vuestra?

Dijo todo eso sin apartar la mirada del retrovisor para mantener el contacto visual con nosotros. Sorprendentemente no chocó con nada.

—Una historia cualquiera. No tiene nada de especial —dije yo, enfadado de repente. Tres años a su lado y no había sido capaz de entenderla. Tenía la sensación de que solo la conocía por fuera. Cuando la miraba veía una imagen incierta, desconocida. Hasta esa mañana ni siquiera sabía que odiaba secarse el pelo. Parecía una broma de mal gusto.

—¡Eso es mentira! —gritó la taxista y golpeó el volante con el puño—. No hay historias cualesquiera, chico.

Diana acarició mi hombro y yo, mostrando mi lado más inmaduro, me alejé de ella tanto como pude en los asientos traseros de ese viejo Toyota.

—¿Adónde vais? Si es que se puede saber.

—¿No debería estar mirando a la carretera? —Su exceso de confianza me inquietaba.

—Oh, tranquilo —rio la taxista haciendo un gesto de despreocupación con la mano—. He hecho este trayecto millones de veces. Lo conozco bastante bien.

—Soy yo la que se va. Él se queda —dijo Diana.

La sonrisa de la taxista se congeló. Supongo que comprendió que no estábamos de humor para aguantar su personalidad hiperentusiasta porque no volvió a hablar en todo el camino. En vez de eso, puso la radio. Una emisora musical donde sonaron seis baladas seguidas. Las más tristes del momento. Cuando llegamos a la Terminal 1 del Aeropuerto de Barcelona, Diana se bajó del taxi la primera y, antes de que yo pudiera bajar, la taxista me agarró del brazo y murmuró:

—Recuerda, las historias cualesquiera no existen.

No supe qué decirle. Bajé del taxi con la mente aturdida y, durante un segundo, sentí que iba a desmayarme.

—¿Va todo bien? —preguntó Diana.

Me froté la nuca y, poco a poco, el mundo volvió a ser nítido a mi alrededor.

—Sí, solo estoy un poco cansado. No he dormido demasiado estos últimos días.

—¿Bonitamente cansado? —dijo ella sonriendo, en alusión a una expresión suya que había sido motivo de algunas bromas.

—Solo cansado —murmuré para mí. Ni siquiera fui capaz de fingir estar bien, mi especialidad durante los últimos años.

Entramos en el aeropuerto y buscamos su vuelo en la pantalla:

10:10 horas. German Wings 9525 con destino a Düsseldorf. Puertas 101 a 110.

Aún quedaban dos horas y media para la salida del vuelo. Buscamos unos asientos en la zona pública y nos sentamos a esperar. Ambos sabíamos que en el momento en que Diana pasara el control de seguridad, nuestros caminos se separarían para siempre. Como por arte de magia, pasaríamos de íntimos a ajenos. Con frecuencia experimentamos el cambio de lo íntimo a lo ajeno y viceversa, no es tan grave. Frente a nosotros sus dos maletas y dentro de ellas la que había sido su vida junto a mí. Solo algo suyo había quedado en mi casa: un ejemplar de El lobo estepario. Desde que lo trajo, lo leyó más de diez veces. Yo, dos. Aún hoy, a menudo, me sorprendo pensando que en el interior de esa mujer bien podría esconderse el alma de un lobo. Pero nunca le doy muchas vueltas, aunque fuera verdad no sería capaz de distinguir cuándo es humana y cuándo animal.

A nuestro lado una familia japonesa comía ramen instantáneo. Me molestó bastante: no me pareció una hora adecuada para comer fideos. El niño, de unos diez años, se comportaba de forma ejemplar. Comía con unos palitos de madera desechables procurando no manchar la camisa blanca con pajarita azul marino, a juego con un pantalón corto también azul. Lo único que desentonaba era que iba descalzo. Aunque hasta eso demostraba el grado de educación del niño: los zapatos no estaban desperdigados por los alrededores, uno bocarriba y el otro bocabajo, sino bien alineados frente a él. El padre llevaba gafas redondas y el flequillo por media frente. La madre vestía un kimono de color verde pastel con un estampado de flores. Eran muy jóvenes y, sin embargo, formaban una familia de verdad. Como la que yo nunca tuve. Sentí envidia. Y rabia. No podía creer que estuvieran comiendo sopa a las ocho de la mañana.

—Creo que es el momento —dijo Diana.

La miré de reojo. Las piernas me temblaban y sabía que no sería capaz de sostenerle la mirada.

—Aún quedan dos horas. ¿Te quieres ir ya?

—Es el momento.

Cerré los ojos y suspiré.

—Vale —dije y me puse de pie.

—¡No! ¡No me dejes! —levantó la mirada hacia mí—. Es el momento. La piedra se está rompiendo.

Acto seguido cerró los ojos y su cabeza cayó hacia delante.

—Diana —llamé.

—Diana.

—¡Diana!

Me agaché junto a ella y traté de levantarle la cabeza, que seguía pegada al pecho. Al sentir el contacto de mi piel, Diana abrió los ojos y me miró.

—Está todo listo.

Se quitó los zapatos y de uno de ellos sacó una chincheta plateada.

—Despiértala —dijo tendiéndome la chincheta.

Miré la chincheta y la miré a ella. Comprendí que lo que me estaba tendiendo era una segunda oportunidad. A veces la vida nos da segundas oportunidades, como si supiera que somos idiotas y quisiera saber hasta qué punto. Mi segunda oportunidad fue una chincheta valorada en quinientas pesetas y solo tenía que cogerla y gastarla. Miré a Diana y nos sonreímos. Agarré la chincheta y caminé hasta el niño japonés. Me arrodillé frente a él y le tendí la mano abierta con la chincheta. Él me miró y luego siguió comiendo fideos con la mayor atención y cuidado. Me di cuenta de que sus padres ya no estaban allí. Estábamos solos: Diana, él y yo. Tal vez fuéramos la misma persona. Sí, ahora estoy seguro de que lo éramos. Cuando se hubo terminado todos los fideos y solo quedó el caldo, el niño cogió la chincheta y la metió en uno de sus zapatos. A cambio, me dio el bote de los fideos. Volví hasta donde estaba Diana.

—Es la hora —dijo con una sonrisa apacible—. Despiértala, despiértala.

Cogí la mano de Diana, llevé el bote hasta mi boca y bebí un sorbo del caldo. Sabía a metal, como si fuera una sopa de tornillos oxidados, y tuve que hacer un gran esfuerzo para no vomitar. Frente a mí, Diana resbaló de su asiento y cayó al suelo de rodillas. Luego arqueó la espalda con violencia mientras tomaba una bocanada de aire infinita.

 

Ahora, cinco años más tarde, la observo mientras escribo. Está tumbada en el sofá, con las piernas sobre una pila de cojines y un libro en la mano. Dejo que las gafas me resbalen hasta la punta de la nariz. Por debajo de ellas veo nuestra historia; por encima, tres «te quiero». Se siente observada y levanta la vista hacia mí.

—¡Eh, tú! —dice con fingida indignación—. ¡Deja de espionarme!

No puedo evitar reírme. Después de siete años en España, aún mete la pata.

Si te ha gustado este relato, échale un ojo a mi último libro —» Mentiras que fueron verdad

Y aquí —» Todos mis libros

 

Relato: Bannon, el mal cazador

Fuente de la imagen: César Ojeda

Este es el relato de un hombre que renunció a lo que siempre había sido para mantenerse fiel a sus principios. Un hombre que amaba a los animales y no soportaba hacerles daño.

Este es el relato de Bannon, el mal cazador.

Había una vez un joven cazador llamado Bannon. Vivía en una humilde casa en el campo y sobrevivía comiendo la carne y vendiendo las pieles de las alimañas que conseguía cazar, que no eran muchas pues era un cazador pésimo. No porque fuera poco habilidoso, todo lo contrario. Su habilidad con el arco era sublime, inigualable, y sus trampas eran la envidia de toda la comarca. Bannon era mal cazador porque sentía pena por los animales a los que intentaba matar. Solo cuando el hambre era insoportable, era capaz de olvidar sus sentimientos y centrarse en el acto de cazar. Por desgracia, hacía mucho que Bannon no cazaba nada y sus reservas de comida estaban a punto de agotarse. Nunca había estado en una situación tan urgente y, sin embargo, seguía sin poder hacer daño a los animales con los que se cruzaba en el bosque.

Un día, mientras cortaba leña, escuchó una conversación entre dos cazadores que pasaban frente a su casa:

—He oído que se han visto faisanes al otro lado de la montaña.

—¿Faisanes? Eso no puede ser, hace mucho que desaparecieron.

—De eso nada. Se fueron de nuestros bosques, pero más allá de las montañas aún quedan. Seguro que la reina pagaría muy bien por un par de esas deliciosas gallinas.

Faisanes… —pensó Bannon—. El abuelo siempre dijo que su carne es exquisita. Es cierto que la reina pagaría bien por ellos. Quizá una moneda de oro por pieza, o más. Con ese dinero podría estar mucho tiempo sin cazar. Sin matar. Si consiguiera atrapar a cuatro o cinco de esas aves, podría sobrevivir durante todo un año sin hacer daño a más seres inocentes.

A la mañana siguiente, cogió seis metros de cuerda y llenó el carcaj de flechas. Se colgó el arco del hombro y partió hacia el otro lado de la montaña. El viaje fue largo y agotador. Solo pudo comer algunas bayas y una rana que cogió con las manos y asó en la hoguera. Durmió poco y mal en pequeñas grietas que encontraba en las rocas. Y a pesar de todo, caminó rápido. Dos días más tarde alcanzó el otro lado de la montaña. Frente a él, un valle cubierto de espigas doradas de trigo que se mecían al son de la silenciosa brisa de comienzos de verano. Permaneció mudo durante varios minutos, con la mirada fija en el horizonte infinito que, aunque muy lejano, lo sentía parte de sí mismo. Al final, el dolor de cabeza que le provocaba el hambre le sacó del ensimismamiento y le obligó a ponerse manos a la obra. Preparó varias trampas para aves y las repartió estratégicamente por la llanura. Mientras esperaba el resultado se tumbó en el suelo, bajo el tibio sol del atardecer, y trató de dormir para liberarse de la jaqueca.

Horas más tarde, despertó empapado en sudor. Con los sentidos embotados se acercó a la trampa más cercana y descubrió que algo había quedado atrapado. Se trataba de un ave pequeña. El plumaje era rojo en el pecho, amarillo en la cabeza y azul en el cuello. La cola, larga y oscura. Era tal y como se lo había descrito su abuelo. Sin duda, se trataba de un faisán dorado. Con el corazón retumbando en su pecho, Bannon desató la cuerda de la pata del animal y lo agarró por el cuello para asestarle el golpe de gracia, pero antes le dirigió una última mirada. El faisán lo miró también a él. Era muy pequeño. Demasiado pequeño. Dudó. ¿Y si es una cría? En ese momento escuchó alboroto proveniente de otra de sus trampas. Se acercó corriendo, con el pequeño faisán aún en la mano, y comprobó que había otro enredado en la trampa. Era igual de bonito e igual de pequeño. Metió el primer faisán en el zurrón y liberó de la trampa al segundo. Son muy pequeños, pero no parecen crías. Aún así… Suspiró. Dentro del zurrón el primer faisán luchaba por escapar. Pero ya no me queda dinero ni comida. Si los dejo escapar voy a morir. Metió el segundo faisán en el zurrón y fue a comprobar la tercera trampa. Cual fue su sorpresa al ver que había uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ¡hasta trece faisanes rodeando su trampa! Y en el centro, uno más, atrapado. Todos los faisanes eran exactamente iguales. Pequeños como una codorniz y bellos como un amanecer. El faisán atrapado luchaba por liberarse de su atadura y el resto le estaban ayudando. No puedo. No puedo hacerles daño. Jamás he sido feliz matando y no voy a seguir haciéndolo. Desató al tercer faisán atrapado, soltó a los dos que guardaba en el zurrón y emprendió el camino de regreso a casa.

Cuando horas más tarde alcanzó la cima de la montaña, su decisión era irrevocable: se había terminado cazar. No sabía cómo iba a ganarse la vida, pero si algo había aprendido a lo largo de los años era a sobrevivir con nada. Echó la vista atrás para decirle adiós a todo aquello a lo que había renunciado y se dio cuenta de que los faisanes lo habían estado siguiendo. Estaban los tres que habían quedado atrapados más los otros trece. Todos ellos caminaban en línea recta detrás suya. Incapaz de entender qué estaba pasando, siguió observando a las pequeñas aves. Vio que caminaban hasta él y se acurrucaban al suelo, a su lado. Intentó espantarlas con gritos y movimientos bruscos, pero le ignoraron. Bah. Ya se cansarán. Preparó un fuego y, con el estómago vacío, se durmió. Soñó que comía sopa de ajo y cebolla… y carne de faisán asada.

Cuando despertó, el hambre era doloroso. Los faisanes seguían a su lado.

—¡Marchaos antes de que cambie de opinión y os ponga sobre las brasas!

Apagó el fuego con malhumor y comenzó el descenso hacia su hogar. Sin mirar atrás. De haberlo hecho, habría visto los extraños huevos que los faisanes habían puesto durante la noche y dejaron al descubierto cuando se levantaron para seguirle.

Ese mismo anochecer, Bannon llegó a su casa. Detrás de él, en una perfecta fila india, los dieciséis faisanes. Se encerró en casa y cenó la última porción de carne de ciervo seca que le quedaba. Esa era su reserva de emergencia, ya no le quedaba nada. Excepto un cuarto de kilo de mantequilla. Apenas hubo engullido el último bocado cuando se quedó dormido sobre la mesa.

Transcurrieron los días y Bannon comenzó a debilitarse. No tenía nada para comer salvo infusiones de romero con mantequilla, pero se negaba a seguir matando. Se pasaba la horas sentado junto a la chimenea, mirando las cenizas apagadas en una especie de antimeditación que le estaba acercando al abismo de la locura. Mientras, los faisanes se habían instalado en una pequeña porción de tierra junto a la casa de Bannon.

La mañana del séptimo día desde el regreso a casa, despertó un poco antes de que saliera el sol. Calentó agua y preparó una infusión. Mientras el romero aromatizaba el agua, salió de casa y comprobó que los faisanes seguían allí. Iba a entrar de nuevo cuando algo le llamó la atención. Debajo de uno de los faisanes había algo con forma de huevo. Pero no podía ser un huevo. Según tenía entendido, nunca nadie había visto un huevo de faisán. Se acercó lentamente y sí, era un huevo. Un poco más grande que el de una codorniz, de color gris oscuro y con manchas rojas. El faisán levantó su cuerpo y dejó al descubierto un par de huevos más. Bannon agarró uno y lo examinó. ¿Serán comestibles? Se puso de pie y entró en casa. Colocó una sartén sobre el fuego, echó un pedacito de mantequilla y puso el huevo a freír. Era exactamente igual que el de una gallina, pero más pequeño. La habitación se llenó de un delicioso aroma. Con la ayuda de una espátula de madera, colocó el huevo sobre un plato y lo analizó. No había ningún indicio de que pudiera ser peligroso. Agarró el huevo con la mano y se lo metió entero en la boca. Masticó con calma, regocijándose en el placer de tener la boca llena de algo caliente. Cuando por fin tragó, dos lágrimas corrían por sus mejillas: era lo mejor que había probado nunca. Se levantó de golpe y salió de la casa. Los faisanes ya se habían levantado y estaban dispersos yendo de aquí para allá mientras escarbaban en el suelo en busca de su desayuno. Y en la pequeña parcela en la que habían dormido, ¡doce huevos de faisán! Unos más grandes, otros más pequeños, unos con más manchas, otros con menos; pero todos, sin duda, deliciosos huevos de faisán. Fue a por un cesto de mimbre y los recogió todos. Los llevaría al mercado y los vendería en un abrir y cerrar de ojos. Seguro que la gente estaría dispuesta a pagar un buen precio por ellos. Se emocionó pensando que quizá había encontrado la solución a sus problemas.

Con la barriga feliz después de muchos días pasando hambre, se encaminó hacia el mercado con los huevos de faisán en el zurrón. Nada más llegar, desplegó un manto sobre el suelo y colocó con cuidado los doce huevos. A su lado, un cartel que anunciaba:

 

HUEVOS DE FAISÁN – 2 monedas de plata la unidad

 

Los extraños huevos captaron la atención del primer viandante que pasó. Leyó el cartel y levantó la vista hacia Bannon.

—¿A quién pretendes engañar? Todo el mundo sabe que no hay huevos de faisán.

—Sí que los hay. Esto que tienes delante son huevos de faisán, tienes mi palabra.

—Seguro que sí… —dijo el viandante retomando su camino.

El resto de personas que pasaron junto al puesto de Bannon actuaron de forma parecida, de modo que no consiguió vender ni un solo huevo. Regresó a casa cabizbajo y confundido, no podía haber imaginado que la gente fuera a tomarle por un mentiroso. Cuando llegó, los faisanes volvían a estar en la parcela, acurrucados como la noche anterior. Bannon entró en casa y cenó cuatro huevos de faisán hervidos. Cuando engulló el primer bocado, sus pensamientos se desvanecieron como la niebla bajo los rayos de sol y en su interior solo quedó paz. ¿Cómo puede existir algo tan delicioso? Siguió cenando en un estado de éxtasis difícil de describir. Después, un sueño muy placentero le sobrevino y se tumbó en la cama dispuesto a dejarse llevar.

Cuando despertó a la mañana siguiente, los faisanes habían vuelto a poner huevos. Esta vez veintidós. Los recogió y decidió que construiría un bonito corral para que los faisanes pudiesen vivir con él. Se puso manos a la obra y tardó tres días en terminar. Solo descansó para comer y dormir, pero valió la pena. Donde antes solo había habido una pequeña parcela de tierra virgen, ahora se levantaba una robusta estructura de madera, casi tan grande como su propia casa, con diez cómodos ponederos rellenos de paja. En el centro, dos bebederos que rellenaría cada mañana con agua fresca del pozo. Como no tenía dinero para comprarles comida, durante el día les abriría la puerta para que pudiesen salir al campo a comer pequeños insectos y lombrices. Y por la noche volvería a encerrarlos y dormirían sobre los cinco postes travesaños que había dispuesto en diferentes alturas y ángulos. Ese mismo atardecer, seguro de haber hecho un buen trabajo, metió a los faisanes uno a uno en el corral y cerró la puerta.

Al amanecer, los faisanes habían desaparecido. Bannon se apresuró a entrar en el corral para asegurarse de que no estaban escondidos en algún rincón, pero el corral estaba desierto. No había ni rastro de los pequeños faisanes que tantas esperanzas le habían dado en los últimos días. Abatido, entró en casa y contó los huevos que le quedaban. Cincuenta y cuatro —afortunadamente los faisanes habían seguido poniendo huevos durante la construcción del corral—. A tres huevos por día, tendría comida para poco más de dos semanas. Sintió como toda la tranquilidad de los últimos días se esfumaba, devolviéndolo a un estado de incertidumbre e impotencia que le resultaba muy familiar. Ni siquiera tenía hambre, pero se obligó a desayunar, consciente de que esos huevos tenían la capacidad de subirle el ánimo a uno, aunque solo fuera de forma pasajera. Calentó la sartén, fundió un poco de mantequilla y frio un huevo; que se comió de pie, frente a la cocina. Su rostro se reflejaba en el aceite de la sartén y pudo ver con claridad cómo se le iluminaba los ojos al saborear el huevo. Y fue entonces que una idea se formó en su cabeza. Tengo que intentarlo. Cogió un cesto de mimbre y metió los cincuenta y tres huevos que le quedaban. En el zurrón guardío la sartén y un generoso corte de mantequilla. Luego fue todo lo rápido que pudo, con cuidado de no romper los huevos, hasta el mercado. Casi una hora más tarde encendía un fuego y echaba en la sartén un pedazo de mantequilla y cinco huevos de faisán. Mientras se cocinaban los huevos se acercó al puesto del panadero y le fio un pan de medio kilo. Le aseguró que en menos de una hora se lo pagaría con intereses. Volvió a su puesto y reclamó la atención de los transeúntes.

—Amigos, voy a desayunar deliciosos huevos de faisán. Sí, de faisán. Les aseguro que, si su carne es deliciosa, sus huevos lo son aún más.

Repitió el mensaje varias veces hasta que hubo reunido a una veintena de personas a su alrededor. Colocó el cesto de mimbre con los cuarenta y ocho huevos que le quedaban a la vista de todos, y se comió uno de los cinco huevos fritos. No pudo contener la emoción y empezó a llorar y reír a la vez: su cara reflejaba la satisfacción más grande del mundo. Cortó un trozo de pan y lo mojó en la yema de un segundo huevo. Se llevó el pan a la boca y suspiró de placer. Cuando hubo tragado, aún con lágrimas en los ojos, se puso de pie y dijo:

—¿Hay alguien que todavía crea que estos huevos no son verdaderos huevos de faisán? —Paseó su mirada por el grupo de personas que murmuraban frente a su puesto —. Cualquiera puede acercarse y probarlos por sí mismo.

Todos callaron.

—No les voy a envenenar, me han visto comerlos. Anímense a probarlos y descubran por sí mismos el inigualable sabor de los huevos de faisán.

—¡Yo!—grito alguien.

La gente se giró hacia el centro de la aglomeración. Un viejo vagabundo se abrió paso cojeando hasta el puesto de Bannon y se arrodilló frente a él.

—Por favor, señor, yo quiero probarlos.

Bannon lo sentó en su taburete y le ofreció uno de los huevos y un pedazo de pan. El vagabundo comió con voracidad. Tragó y permaneció sentado en el taburete, con el rostro inexpresivo y la mirada perdida. De repente, se dejó caer hacia atrás y comenzó a reír mientras se tapaba el rostro con las manos. El gentío se deshizo en exclamaciones de sorpresa hasta que una chica joven se adelantó y le pidió a Bannon probar uno de los huevos. Él aceptó y le dio un huevo y un pedazo de pan. La chica comió el primer bocado con recato, pero una fuerza incontrolable se apoderó de ella y la obligó a devorar el resto de la comida. A diferencia del vagabundo, ella no rio, pero sus ojos relucieron y su rostro reflejaba un placer semejante al que sentimos después de hacer el amor. Sacó de su bolsillo dos piezas de plata y se las ofreció a Bannon a cambio de uno de sus huevos. Y tras ella, fueron todos los demás: Bannon vendió los huevos en menos de diez minutos. Luego, entregó al vagabundo los dos huevos fritos y el pan que había sobrado, y pagó al panadero la media moneda de plata que le debía y le dio otra media como agradecimiento. De camino hacia casa contó el dinero que le quedaba. Noventa y cinco monedas de plata. Con esto tengo para dos meses. Si los faisanes no se hubiesen ido...

Con ese pensamiento en la cabeza llegó a casa. El corral seguía allí, vacío y silencioso. Se acercó a él y entró para echar una última ojeada. Ni rastro de los faisanes. Revisó con cuidado cada pulgada de valla y descubrió un pequeño agujero en la cara norte, la más cercana al bosque. ¿Y si…? Corrió hacia los árboles y allí, entre la maleza de la linde, estaban los dieciséis faisanes, yendo de aquí para allá y escarbando la tierra, exactamente igual que hacían en la pequeña parcela antes de que estuviera el corral. Cuando vieron a Bannon lo rodearon y lo miraron como habían hecho el día que comenzaron a seguirle.

Esa misma noche desmontó el corral y, a la mañana siguiente, recogió diecinueve huevos de faisán de la parcela. Después de desayunar tortilla de ajos tiernos, quemó sus arcos y sus flechas, y nunca más tuvo que matar a un solo ser vivo para sobrevivir.

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